Los girasoles ciegos

Información de Wikipedia: La obra publicada en 2004 por Editorial Anagrama y ambientada en la Guerra Civil Española es el regreso a las historias reales de la posguerra usada ya por narradores en "voz baja" acercándose a la dura realidad de amigos, familiares desaparecidos o ausencias irreparables provocadas por la guerra. Son historias de tiempos de silencio, sutilmente engarzadas entre sí, contadas desde el mismo lenguaje pero con estilos diversos de narradores que van perfilando la protagonista de la narración: la derrota. Según se cita en la contraportada de alguna edición del mismo: "Todo lo que se narra en este libro es verdad, pero nada de lo que se cuenta es cierto, porque la certidumbre necesita de aquiescencia y la aquiescencia necesita de la estadística. Fueron tantos los horrores que, al final, todos los miedos, todos los sufrimientos, todos los dramas, sólo tienen en común una cosa: Los muertos."

Reseña de Herme G. Donis (extracto de www.literaturas.com):

Casi todo resulta sorprendente en este libro que la editorial Anagrama publicó en enero de 2004. Su autor, Alberto Méndez, tenía 63 años cuando ve publicada esta primera obra y muere once meses después sin apenas saborear el éxito que tras su muerte tendría el libro. Durante los meses posteriores a su publicación, y a pesar de las buenas críticas que la novela recibe, las ventas de ésta se hacen casi de una forma clandestina. Algunos comentaristas de radio dan la voz de alerta sobre las cualidades de Los girasoles ciegos. Recomiendan su lectura con pasión y, a partir de ahí, el boca a boca termina por convertirlo en un libro de referencia obligada. Alberto Méndez nos ha dejado con su única obra no sólo un extraordinario ejemplo de composición literaria, sino -y a pesar, de la crudeza de todas las situaciones- una continua muestra de sensibilidad, que puede conmover a todo tipo de lectores. Sencilla, realista y a la vez cargada de simbolismos, Los girasoles ciegos es una obra sobre la memoria. Sobre una memoria colectiva que debe tener definitivamente su asentamiento en el lugar que le corresponde. Porque superar la tragedia de aquella España de represión, marchas militares y ruido de sables, exige, como se dice en la cita inicial de Carlos Piera, asumir, no pasar página o echar en el olvido.


LA HISTORIA: Los girasoles ciegos es un libro de cuentos articulado a lo largo de cuatro historias- cuatro derrotas, dice el autor- que transcurren entre el período quizá más duro de la posguerra, que va desde 1936 a 1942, y que siendo totalmente independientes están hábilmente entrelazadas entre sí. Sus personajes son seres vencidos. Seres que se encuentran en un camino sin retorno recorriendo una senda de dolorosa entrega e ignorantes de en qué momento su ya maltrecha existencia dará de bruces contra el polvo.

El primer relato, o primera derrota, nos habla del capitán Alegría. Oficial del ejército fascista, Carlos Alegría se rinde a los republicanos cuando las tropas golpistas están entrando en Madrid. Postura que, lógicamente, no es entendida por ninguno de los dos bandos, pero que el oficial explica que toma, entre otras muchas razones aparentemente arbitrarias, porque sus correligionarios no querían ganar la guerra, sino matar al enemigo. Su entrega le acallará la mala conciencia de haber sido miembro de un ejército que, para vencer, ha tenido que cometer tantas atrocidades y crímenes.

La segunda derrota, quizá el relato más logrado y sobrecogedor de los cuatro, nos cuenta el breve periplo de un joven poeta que huye de los vencedores hacia las montañas asturianas en compañía de su mujer embarazada. En medio de la soledad y el frío la muchacha da a luz a un niño y muere tras el parto. A través de un diario íntimo, donde el adolescente deja escrito su miedo, se nos va poniendo en antecedentes de la vana lucha que emprende el joven padre para salvar la vida de su hijo.

El tercer relato, o tercera derrota, gira alrededor del soldado republicano Juan Serna. Cuando el presidente del tribunal que debe juzgarle y su mujer se enteran de que el soldado enemigo conoció y vio morir a su hijo (un ser abyecto que fue fusilado por sus múltiples delitos) le conminan a que hable y hable sobre ese hijo. Intentando arañar unos días más a la existencia, convierte al joven traidor en el héroe que quieren los padres. Mas la impostura pronto le asquea y cuenta la verdad. Verdad que indefectiblemente le llevará a la muerte.

La historia, o la cuarta derrota, que cierra el libro transcurre en la opresiva vida cotidiana del nuevo régimen. En ella se habla de Ricardo. Un “topo” al que toda la familia protege entre miedos y silencios. Desde el armario en el que vive encerrado contempla impotente y horrorizado el acoso libidinoso que sufre su mujer por parte de un diácono, profesor del hijo del matrimonio. El final es dramático y desolador.



Fragmentos de la entrevista con Alberto Méndez realizada por César Rendueles

Única entrevista con el autor de "Los girasoles ciegos" (que murio tres meses tras la publicación de su novela) publicada en LADINAMO en septiembre del 2004.

P- Tres de los relatos que componen el libro están escritos en forma historiográfica, como si fueran fragmentos de una memoria perdida.


R- Aparte de ser un truco literario como otro cualquiera, es un método que me permite ser ambiguo. Puedo incluir hechos y personajes reales sin necesidad de hacer una investigación exhaustiva sobre acontecimientos concretos. Porque el personaje que se rinde a los republicanos madrileños el día antes de que los nacionales tomen la ciudad existió, no se llamaba Alegría pero le pasó algo muy parecido. Lo del poeta escondido en las brañas también es cierto. Yo hablé con el pastor que encontró los esqueletos en 1940, en los altos de Somiedo. Me contó que en la cabaña había una bandera republicana pero yo lo eliminé. He quitado todo lo que fueran grandes gestos, he intentado no hacer ninguna proclama. El protagonista del tercer episodio, el de la cárcel, es Juan Senra, un viejo militante del Partido Comunista ya fallecido. El coronel Eymar, el juez sanguíneo, también existió. El último cuento transcurre en la calle Alcalá, donde yo nací y viví. Y, efectivamente, iba al colegio de la Sagrada Familia que estaba lleno de religiosos rijosos..

P- En cierto momento escribes que los republicanos “guerrean como quien ayuda a un vecino”. ¿Crees que hay cierta grandeza en ese combate al margen de los rituales militares?

R- Claro, Madrid no la defendió un ejército regular, la defendieron señores que iban a trabajar y, al salir, cogían el fusil y se iban al frente y después se volvían a casa y tenían que echarse a dormir porque tenían que entrar pronto a trabajar. Más impresionante aún eran los chavales que querían irse al frente por las tardes y sus padres no les dejaban. Todo era tan... doméstico. No hubo épica, lo que hubo fue grandeza moral.

P- En particular, los argumentos parecen muy meditados. No hay más que lo preciso pero tampoco falta nada. Parece como si hubieras ido quitando elementos de la narración hasta quedarte con lo esencial.

R- Sí, he ido quitando cosas. Originalmente el libro era mucho más largo. En concreto en el episodio de la cárcel había muchas páginas dedicadas a narrar la relación entre el chico de los piojos y Juan Senra. En esas páginas se explicaba el surgimiento de su amistad pero me pareció más efectivo dejarlo sobreentendido.

P- ¿Crees que alguien puede considerar el personaje del cura del último cuento un tanto caricaturesco? ¿No tienes miedo de que te acusen de ignorar los cambios que ha experimentado la Iglesia?

R- Que la iglesia cambie es muy difícil. Esa es su mayor virtud. Es una empresa de dos mil años. Que hoy estén más dedicados a lo suyo, que es la pederastia, me lo creo. Pero los curas han sido unos rijosos e hijos de curas hay en todos los pueblos. Es cierto que los curas han perdido autoridad política, pero lo que ha cambiado es la política, no la iglesia. A mí no se me olvida que, en 1962, para sacar el carné de conducir había que presentar un certificado de buena conducta que te tenía que dar el párroco y, que por cierto, a mí no me dio. Tardé cuatro años en conseguir el maldito certificado a través de unos amigos.

P Muchos de los que pasasteis por colegios religiosos durante el franquismo recordáis la experiencia casi en términos carcelarios.


R- Era brutal. En la posguerra la enseñanza estaba militarizada, los colegios eran sitios de proclamas ideológicas y de cooptación. Posteriormente se convirtieron en centros para eliminar a los revoltosos y apoyar a los “buenos”. El castigo físico era constante y los que nos enseñaban eran auténticos analfabetos sin más título que el de cura. Es más, estaba prohibido leer. Veíamos continuamente fotos de desenterrados víctimas de los rojos: héroe de no sé qué, héroe de no sé que más... Vivíamos entre cadáveres.



ACTIVIDADES

Redacta una pregunta para cada capítulo a partir de la idea te haya resultado más atractiva para reflexionar. Cada pregunta sería el título de un texto expositivo-argumentativo que tendrías que redactar después. Piensa en una pregunta que, aparte de parecerte atractiva a ti, vaya a serlo también para tus compañeros.

El profesor te dirá sobre cuál de las cuatro preguntas realizarás el texto, que seguirá las pautas del “comentario crítico”. Tendrá entre 450 – 550 palabras.